Extraído de Francis Frangipane, Los 3 Campos de la Lucha Espiritual.
Cuando las Escrituras se refieren a las “huestes celestiales”, usualmente pensamos en “coros de ángeles”. La palabra “hueste” en la Biblia, significa “ejercito” (Lucas 2:13) Percibimos que las huestes de los cielos son ejércitos de adoradores. Obviamente nadie puede hacer batalla si no es primero un adorador de Dios.
El principio central en la tribulación: Adoración.
Uno tiene que penetrar profundamente en el Apocalipsis de Juan para descubrir que Dios y el demonio, ambos buscan adoradores (Apocalipsis 14:7; 7:11; 13:4; 14:11). Una y otra vez hay una línea divisoria entre quienes “adoran a la bestia y a su imagen” y quienes adoran a Dios.
Démonos cuenta de antemano que, en la gran batalla final, antes de la segunda de Jesús, el resultado de toda la vida del hombre se pesará en la batalla de la adoración: en medio de las luchas y de la guerra, ¿delante de quién nos inclinaremos, ante Dios o ante Satanás?
Sin embargo, mientras esta contienda ha de culminar en el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra (Apocalipsis 11:15), debemos darnos cuenta que la esencia de cada batalla, de cada pelea que enfrentamos hoy es el mismo tema: ¿seguiremos siendo sinceros en nuestra adoración de Dios, inclusive en medio de las tentaciones y de los asaltos satánicos? La adoración verdadera debe brotar ahora en el contexto de nuestra vida diaria, pues nadie adorará en las grandes batallas de mañana, si se queja de en las simples escaramuzas de hoy.
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