Posteado por: pablo | Abril 10, 2008

El ejército de Adoradores de Dios

Extraído de Francis Frangipane, Los 3 Campos de la Lucha Espiritual.

Cuando las Escrituras se refieren a las “huestes celestiales”, usualmente pensamos en “coros de ángeles”. La palabra “hueste” en la Biblia, significa “ejercito” (Lucas 2:13) Percibimos que las huestes de los cielos son ejércitos de adoradores. Obviamente nadie puede hacer batalla si no es primero un adorador de Dios.

 

 

El principio central en la tribulación: Adoración.

 

Uno tiene que penetrar profundamente en el Apocalipsis de Juan para descubrir que Dios y el demonio, ambos buscan adoradores (Apocalipsis 14:7; 7:11; 13:4; 14:11). Una y otra vez hay una línea divisoria entre quienes “adoran a la bestia y a su imagen” y quienes adoran a Dios.

Démonos cuenta de antemano que, en la gran batalla final, antes de la segunda de Jesús, el resultado de toda la vida del hombre se pesará en la batalla de la adoración: en medio de las luchas y de la guerra, ¿delante de quién nos inclinaremos, ante Dios o ante Satanás?

Sin embargo, mientras esta contienda ha de culminar en el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra (Apocalipsis 11:15), debemos darnos cuenta que la esencia de cada batalla, de cada pelea que enfrentamos hoy es el mismo tema: ¿seguiremos siendo sinceros en nuestra adoración de Dios, inclusive en medio de las tentaciones y de los asaltos satánicos? La adoración verdadera debe brotar ahora en el contexto de nuestra vida diaria, pues nadie adorará en las grandes batallas de mañana, si se queja de en las simples escaramuzas de hoy.

 Recordemos que el llamado de Dios a los israelitas fue a que le adorarán y le sirvieran en ele desierto ( Éxodo 5:3; 7:16). Cuando Moisés primero habló a los israelitas de la preocupación del amor de Dios, “…se inclinaron y adoraron…” (Éxodo 4:31). Pero cuando las pruebas y las presiones vinieron sobre ellos, cayeron rápidamente en murmuración, en queja y en franca rebeldía. Su adoración era por entero superficial; simplemente era una forma de culto exterior, sin que tuviesen corazón de adoradores.

Esta misma actitud de adoración superficial prevalece en el cristianismo hoy. Si se da un mensaje que habla del gran cuidado de Dios acerca de su pueblo, nos inclinamos y adoramos a Dios. Pero inmediatamente cuando se levantan las presiones diarias de la vida, o cuando las tentaciones vienen, entonces nos rebelamos contra Dios y resistimos el trato del Señor. El enemigo tiene un fácil acceso al alma que no está protegida por la verdadera adoración a Dios. El propósito de Dios en el desierto, antes de entrar en la tierra prometida, era perfeccionar la verdadera adoración, que se basa sobre la realidad de Dios, no sobre las circunstancias. El Señor sabe que el corazón que le adora en el desierto de la aflicción, continuará adorándole en la tierra prometida de la plenitud.

Sin adoración verdadera a Dios, no puede haber victoria en la batalla. Todo lo que sangremos bajo el asalto satánico o bajo las circunstancias difíciles da la verdadera medida de nuestra adoración”. Es necesario ver que todo cuanto sale de nuestro corazón en los tiempos de prueba, se encontraba en nosotros, pero escondido durante los tiempos fáciles. Si somos verdaderos adoradores, cuando Satanás venga contra nosotros, de nuestro espíritu brotará la adoración a Dios, sin que importe la batalla a que estemos enfrentados. En la guerra, la adoración es un muro de estabilidad alrededor del alma.

 

Protejamos nuestros corazones por medio de la adoración.

 

Casi todos nosotros comprendemos la dinámica básica del alma humana. Se nos ha enseñado, y es correcto, que “el alma es la combinación de nuestra mente, voluntad y emociones”. Hablando en forma general, cuando el enemigo ataca a la iglesia, tiene como blanco una de estas tres áreas. Por tanto, debemos ver que la protección de ellas tiene importancia vital en el éxito de nuestra lucha y de nuestra guerra contra Satanás.

 

Para comprendernos y entender mejor cómo viene el demonio contra nosotros, agreguemos algo a la definición de alma. En términos muy amplios, la esencia de quienes somos está hecha de experiencias y de nuestras respuestas subjetivas a esos sucesos. Lo que hoy somos es la suma de cuanto hemos encontrado en la vida, y de nuestras subsecuentes reacciones. Nuestra naturaleza actual resulta de cuántas veces nos hemos apartado de los maltratos, así como de las ocasiones ñeque nos hemos abierto al valor. Nuestra reacción a cada suceso, ya sea negativa o positiva, se ha derramado en la médula creadora de nuestra individualidad, donde se mezcla en la naturaleza d nuestro carácter.

Lo que llamamos “memoria” es en verdad la forma como nuestro espíritu contempla la esencia de nuestra alma.   Y, al depender de esas reacciones, nuestra personalidad ha venido a ser valiente o tímida, confiada o ansiosa, etc. Con pocas excepciones, desde luego, el impacto que la vida ha tenido sobre nuestra memoria, es la medida de cómo los hecho han dado forma a nuestra alma. Porque recordamos la esencia de nosotros mismo. Los sucesos que más recordamos, son los que nos han moldeado al máximo. Claro está que la razón para que nuestra mente no pueda olvidar ciertos hechos, es porque esas experiencias, literalmente, se han convertido en parte de nuestra naturaleza.

 

Somos como el pasado nos ha hecho. Sin embargo, se nos ordena “…no mirar atrás” y “olvidar las cosas que quedaron atrás” (Lucas 9:62; Filipenses 3:13; Hebreos 11:15). Con Dios esto es posible, porque aunque los hechos de nuestra vida sean irreversibles, nuestras reacciones y respuestas a esos sucesos aún se pueden cambiar. Y a medida que nuestras reacciones cambien, nosotros cambiaremos. En otras palabras, aun cuando no podemos alterar el pasado, podemos poner nuestro pasado sobre “el altar” como un acto de adoración. Un corazón adorador verdaderamente permite a Dios restaurar el alma.

 

Todos nosotros recibimos una porción tanto de bien como de mal en este mundo. Pero para que la vida se buena, Dios, que es la esencia de la vida, debe profundizar en nuestras experiencias y debe redimirnos de nuestras reacciones negativas. La vía por medio de la cual Dios se extiende a sí mismo hasta en nuestro pasado, es nuestro amor y adoración de EL.

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…” (Romanos 8:28). La clave para el cumplimiento de este versículo es que seamos adoradores de Dios y amantes de Dios en nuestro espíritu. Cuando somos dados a amarle, todo lo que hemos pasado en la vida, se lava en ese amor, se redime y sehace bueno en nosotros.

Por consiguiente, es esencial, tanto para la salvación de nuestra alma como para la protección en la batalla, que seamos adoradores. Porque el bote que nos lleva con toda seguridad a través de las adversidades, es la adoración.

 

Las Escrituras expresa en alabanza a Dios el efecto maravilloso que tiene la adoración en el alma del hombre: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuentes, cuando la lluvia llena los estanques” (Salmo 84:5-6) Si perpetuamente alabamos a Dios (Salmo 84:4), nuestra adoración de Dios transformará el asalto negativo del enemigo en una fuente de agua que nos refrescará. No importa lo que le suceda al adorador, “su valle de lágrimas” siempre se convierte en una fuente que está cubierta con bendiciones. No podemos hacer guerra con éxito, ni pasar con seguridad por el desierto de esta vida sin que primero seamos adoradores de Dios.

 

Adoración: el propósito de la creación.

 

Fuimos creados para el placer de Dios. No fuimos creados con el fin de vivir para nosotros mismos, sino para Dios. Y mientras el Señor desea que gocemos de sus dones y de la gente que EL nos da, quiere que sepamos que fuimos creados en primer lugar para su gozo. En estos momentos finales de los siglos, el Señor tendrá un pueblo cuyo propósito para vivir es agradar a Dios con su vida. En ello se encuentra su propia recompensa por crear al hombre. Están sobre la tierra sólo para agradar a Dios y cuando El se agrada, ellos también se agradan. El Señor les lleva más lejos, quiza por medio de más dolor y conflicto que a cualquier otro. En lo exterior, a menudo parecen, como el siervo de Jehová: “…herido de Dios y abatido” (Isaías 53:4). Pero para Dios, son sus elegidos. Cuando son aplastados, como los pétalos de una flor, de ellos brota la adoración, cuya fragancia es tan hermosa y rara, que los ángeles lloran de admiración callada por su entrega. Son el propósito de Dios para la creación.

 

Se podría pensar que Dios los protegería guardándolos de tal forma que nunca fuesen maltratados. En lugar de eso son más estropeados que los otros hombres. De hecho, parece que el Señor se agradara en aplastarlos, y colocarlos en situaciones de dolor ¿Por qué? Porque en medio de su dolor físico y emocional su lealtad a Dios crece pura y perfecta. Y al enfrentar las persecuciones, su amor y adoración por Cristo se convierten en algo que todo lo consume.

 

Ojala que todos los siervos de Cristo fuesen tan perfectamente rendidos, que Dios pudiese encontrar placer en todos nosotros. Pero a medida que los días del Reino se acercan y que aumenta la batalla del final de esta edad, quienes han sido elegidos para adorar al Todopoderoso, saldrán adelante en el poder y en la gloria del Hijo. Con las más excelsas alabanzas de Dios en su boca, ejecutarán sobre sus enemigos el juicio decretado (Salmo 149:9). Dirigirán como generales en el ejército del Señor.


Respuestas

  1. MUCHAS GRACIAS -VOY A GUARDAR ESTA PÁGINA -

  2. Hola Mercedes. Gracias por guardar la página.
    Por temas de trabajo no he podido actualizarla, mas pronto lo haré. Que Dios esté contigo.
    Maranata, Pablo.


Dejar una respuesta

Su respuesta:

Categorías